El reflejo de la siesta

Hay palabras que no existen, pero que necesitamos.

El otro día, conversando con compañeros de trabajo, estábamos hablando de las palabras que existen en inglés y no en holandés, y viceversa. Todo comenzó porque había escuchado que no existe una palabra equivalente a mente, ni en alemán, ni en holandés. Hay palabras para conciencia, cabeza, pensamientos, cerebro, pero ninguna para mente.

Alguien mencionó zeitgeist, que es – en pocas y resumidas palabras –la cultura general de un tiempo y lugar específicos. Algo que fue difícil de explicar al principio, pero con un ejemplo se fue haciendo más fácil de entender – "Tener un jefe autoritario es algo que era parte del zeitgeist de principios del siglo". Obviamente surgió la palabra alemana Schadenfreude, que es deleitarse en la desgracia ajena – y un meme en internet.

En ese momento vino a mi mente que también hay sentimientos que no tienen palabras; pero que son tan comunes que deberían. Y recordé una tarde con mi esposa – que en aquel entonces era mi novia – en la que estábamos haciendo nada, descansando en un sofá, un domingo de verano en Paraguay. Y me dijo, "me gusta como entra la luz por las ventanas, me recuerda a las siestas en la casa de mi abuela".

Con un poco de atención, entendí a qué se refería. Para mí, era el "color del domingo". Y puede percibirse en diferentes escenas, caminando por una calle arbolada y vacía a la siesta, o descansando bajo la sombra de un árbol de mango, o de varios otros árboles en un parque.

Cómo explicar qué es el color del domingo? Como compartir esto con alguien que no lo vivió repetidas veces como para poder identificarlo sin palabras?

Es más que algo visual, es un fenómeno que se identifica visualmente, pero que se percibe con todo el cuerpo. En cuanto a los sonidos, lo caracteriza un silencio peculiar, que viene luego de una agitada mañana, al tacto – es una calida brisa que te alivia del calor lo suficiente para reposar. En el olfato, es el olor al aire seco que trae consigo el polen de las flores y el polvo característico de un clima veraniego.

Una típica mañana de principios de verano, en cualquier día va estar atestada de todo tipo de ruidos y sonidos. Pájaros cantando, gente trabajando, el tráfico con las motos ruidosas y los autos que van a distintas velocidades, algunos rápidos y otros muy lento, la infaltable bocina de los apurados. El grito publicitario del auto chipero con el megáfono en el techo. En otros tiempos el traqueteo de las yeguas llevando un carro. Y en un domingo, el sonido de alguien chupando la ultima gota de tereré, haciendo "silvar" la yerba (otra palabra que merece existir). El característico murmullo de gente hablando a lo lejos, ya sean visitas familiares que llenan la casa, o familias caminando en un parque. Es el murmullo distante que hacen las familias, con adultos conversando, niños gritando, corriendo, llorando. Y todos, eventualmente, riendo. El chisporroteo de la carne recién puesta al fuego, el asador sirviendose un trago, y los carbones crispando y entrando en calor.

Todo esto viene antes del momento en el que se puede percibir el "color del domingo".

Llegada la siesta, después de una buena comida – generalmente un asado hecho en casa, por aquél que vino temprano a disfrutar del movido domingo.

Después del aplauso para el asador – presente en todos los almuerzos familiares. Cuando a todos les llega ese profundo y sobrepasador agradecimiento, que hoy – en el día que se descansa – alguien vino a sufrir no solo el calor del día como tal, sino tambien el de trabajar la parilla con una temperatura de 35 grados a la sombra.

Luego que todos quedan satisfechos y buscan un lugar para reposar, un lugar a la sombra, o bajo un ventilador que ya gira lento porque está viejo, y gastado de tanto uso en tantos y tan intensos veranos.

En ese momento, que el sol está en el cenit, y comienza lentamente a bajar, cuando la luz directa no da a ninguna ventana, porque el sol está directamente arriba de todos, coronado como el rey del día.

A la hora de máximo calor, con barrigas llenas y todos durmiendo.

Se detiene el movimiento de la calle, y los pájaros dejan de cantar, las hojas de los árboles reposan en el tranquilo viento que calma un poco el calor. En ese momento que todo está lleno de luz, porque la resolana llega a todos lados. Y las sombras están todas escondidas bajo techo.

En ese momento se puede identificar una paz, una quietud general – que para mí – puede pasar cualquier día, pero que comencé a notarla en el domingo, ese es el momento cuando la siesta refleja su paz.

No hay una palabra para esa paz, saber y sentir que todo está bien, la familia está cerca, y los amigos también. En el que no hay ganancia en preocuparse por nada, porque no hay nada que hacer.

En castellano, la palabra siesta no se puede traducir al inglés, porque no es solo "nap" es también "noon", y el reflejo de la siesta, es algo que solo se puede ver cuando hasta las hojas de los arboles descansan su siesta de mediodía.

Hace poco me preguntaron qué es lo que más extraño de Paraguay, y solo pude responder que a mi familia. Porque no sabía todavía como poner en palabras lo que para mí es el color del domingo, y que con mi esposa decidimos llamarle el reflejo de la siesta.